miércoles, 6 de marzo de 2013

Eslizbai



Todos los días finita algo. 
Hay muertes que pasan inadvertidas y no acumulan ni una lágrima. Otras se llevan mares con ellas. Hay huecos reemplazables. Como un aparcamiento en pleno centro. Como un amante cuando el antiguo se hace viejo. 

Pueden morir cientos de personas en un accidente aéreo. En un atentado. En un tsunami. Puede llorar medio mundo y tú no inmutar ni un ápice de sensibilidad.
Puede expirar algo de tu sangre y no sentir dolor. A la vez que puede morir el dueño de un país, y sus siervos llorar durante días la ausencia de su yugo. El mundo está descompensado. El mundo es raro. Y joder, está loco. 
Sin embargo yo reconozco que he llorado perder un perro más que a algunas personas.

El tiempo hace roca donde había tierra y musgo, y amapolas rojas. La necesidad por seguir urde una capa para olvidar lo que era llorar, y amasa cemento para tapar los huecos. 
Las penas acaban por acallar, las muertes se superan. El dolor un día diluye. E incluso a veces se olvida de tal forma que parece que algo que fue tan grande nunca hubiese pasado. Como si fosilizaran parte de la mente para poder continuar, y no vivir en un mar de lágrimas. Y está bien, porque el auto-martirio no me va. Es como intentar nadar en el barro. 

Llorar limpia el alma, dicen. Yo no lo sé, de hecho ni si quiera sé si el alma existe. Pero si es así, hoy he limpiado la mía.


A Mgg que no gobernaba un país, pero yo la echaré de menos. 

viernes, 1 de marzo de 2013

1 kilo de tomates, 2 de patatas y 1587269 de dinamita

a las buenas ideas de Tere



Seré breve, tanto que nadie podrá decir que fue imposible acertarme entre tanta palabra.
Seré concisa y clara. Lacónica. 
Cuando empiece, no hablaré de eso de quien no da no recibe. Que la vida no es un toma y daca, que sólo es un sucio movimiento de intereses.
No diré que el mundo empieza a descolgarse como un póster antiguo que pierde las chinchetas, que si los dioses existieron, hace tiempo hicieron las maletas. Que nos agarraremos al pecho de la mamá naturaleza como zombis a la venas. Que nos iremos reventando una mina entre nuestras costillas. Bendito género humano. 
Lástima, ya no existe el altruismo. 
No hablaré de algo que nadie quiere escuchar, puesto que no queremos irnos y mientras estemos aquí todo lo demás da igual. Eso es evidente. Háblame de aquel héroe, pero no me cuentes cómo murió. 
No diré que a veces creo que un buen apocalipsis limpiaría todo esto. Es absurdo pensar que tanta mierda pueda limpiarse con buena voluntad. El cero es un número que siempre me gustó.

Diré todo lo que tengo que decir, quizá ya lo he dicho. Quizá mentí y no fui clara, pero tranquilidad, porque seré breve:

jueves, 7 de febrero de 2013

De la eyaculación precoz


Qué

Soy un cuadro a medias. Todo lo que se empieza y no se termina. 
Una hija de puta. La mujer más tierna.
Una moneda de cambio, tren de mercancía. Un pilar inamovible.
Asentimiento. Revolución. Ira. 
Tus ansias.
Soy madre sin parir. Padre sin nuez en la garganta.
Barro, microbios, bilis. Repugnancia.
Flores, bendición, azúcar. Esperanza.
Soy una mesa con mantel, servilletas, vasos y cubiertos, completa pero sin alimento. Soy vitamina C, calcio, fósforo y hierro.

De quién  

Soy lo que quieras de mí. Soy tuya. Soy de mi madre. Soy de mi padre. Soy del dinero. Soy del banco. Soy de la tierra. Soy de la nicotina, de la sal, de la arena. Soy de las leyes y de hacienda. Soy lo que decida el gobierno que sea. Soy de la música. De los putos reyes de la españa nuestra. Soy de la cafeína. Del color negro y del magenta. Soy del ojo derecho de una abuela muerta. Soy de un horario y de una celda. Del despiste y de las letras. Soy del error y de la inocencia. Soy del impulso y del caos. Del desorden de los calcetines y las medias. Soy de la soledad y de la compañía. Soy de mi corazón y de mis venas. Soy de los besos cuando llegan. Soy de las palabras que pronuncio. Soy de tu silencio. Soy de un número y de una huella. Soy de un tipo de sangre. De la polución y de las alergias.  
Soy de la eyaculación precoz del tiempo y de lo quede de mí cuando muera. 



Soy esclava hasta que quiera ser dueña. 


jueves, 10 de enero de 2013

De baladre


[No hay un sentimiento más grande que el del odio. Ni si quiera el del amor. Pueden romperte el corazón, destrozar tu virginidad, follarte con tanta dulzura que creas que el cuerpo sólo se creó para eso. Estallar de alegría por un premio de lotería. Morir de pena por la muerte de una madre. Pero sólo el odio puede hacerte correr por encima del agua. Sólo el odio puede ahogarte después.]

Sabía que el día iba a explotarme antes de que acabara la noche, lo supe por el color de mis mejillas al despertar, lo supe por el rojo, por el fuego que quemaba mi garganta, lo supe por el odio.
Tenía que salir de allí. Tenía que construir rápido una burbuja. Un búnker a marchas forzadas cementado en mi ecosistema. Sé de estructura, sé de arquitectura, sé de pintura. Sé de todo tanto que no sé una mierda.
Me puse manos a la obra o la obra en mis manos. Una junto a la otra separadas por milésimas, sin tocarse para proyectar entre ellas. (Es altamente necesaria la cercanía de las manos, el calor de lo vivo. La imaginación de alguien que no quiere estar muerto. Es altamente necesario desear con el espíritu salir del bullicio en llamas. Y sólo así aparece la burbuja, mientras tú diluyes.)
Noté un frescor extraño, un olor limpio, a nada, a como debía de oler el mundo antes de que se inundara de niebla tóxica. Abrí los ojos, estaba tumbada sobre lágrimas de hierba en un jardín rodeado de baladre, acababa en una pequeña casa color alegría. Sonaba agua correr, sonaban violines. Las ventanas de la casa escupían melodía bella, delicada, reconstituyente, como si el ser humano aún la mereciese. Era el paraíso o lo parecía.

- Imilce. Es tuyo, es tu sueño, es tuyo. Tómalo.- Del capullo de una flor de baladre había salido un diminuto oso panda color morado.

El mini panda me invitó a té. Sus tazas eran muy pequeñas así que tuve que tomarme 4, no pareció importarle. Le pregunté por qué y cómo, realmente no entendía nada, me dijo que no importaba, que era mío, que disfrutara de Las cuatro estaciones de Vivaldi que a continuación sonarían, concretamente dijo que había seleccionado para la ocasión Verano, Presto. Me pareció acertado a pesar de saber que en la realidad corría el invierno, pero allí daban igual los tiempos, que no los tempos. Recordé la descripción de aquella melodía, adaptada a mi aborto mental de hacia un momento. Recordé todas las tormentas de mi vida.

Entonces el panda me señaló:

- Tú.- dijo clavando su negro en mi negro.
- Pero yo no sé solfeo.- dije casi sin decir.
- Y los osos no hablan. Y el dinero no mata. Y el amor es incondicional.
Y como contestación me puse en pie, cogí una rama de un árbol pequeña y recta. Les dije a las setas que se situaran a la derecha. Los sapos a la izquierda. Obviamente las luciérnagas al final. Alguien les dio sus instrumentos. El panda me miró satisfecho. Y yo sentí lo mismo que debe sentir un loco atado a su cama con el único entretenimiento de su memoria destrozada, riendo como un hijoputa.
Y la melodía sonó.
Y si algo tengo claro es que no estoy loca, porque ese don sólo es para los privilegiados. Yo sólo hago sonar mi orquesta y bebo zumo de baladre, y si sigo viva es sólo y gracias a que existen las burbujas.
III. Presto

Dedicado a mi hermana, porque ya es hora de que aprenda de una puta vez a hacer burbujas.

jueves, 20 de diciembre de 2012

Show



Leí no hay clemencia para los que murieron asesinados. Y pensé, quién necesita clemencia cuando se está muerto.
Casi todo resulta absurdo, vegetando en una broma que se alarga más de la cuenta, véase Show de Truman, pero con más megapixeles. Como llegar a un sitio y que te pregunten: ¿ya estás aquí? 
(-No, venía a decirte que llegaré más tarde).

No tengo respuestas, pero porque no las quiero, ni las necesito. Vuelvo, vuelo, volatilizo, me voy. El caso es que a veces no estoy, y lo que menos importa es cómo me he ido. 

Bien, esto es un borrador de la nada. Tengo todo el derecho a escribir pensamientos deshilados que puedan parecer no decir una mierda, perdón, una caca. Igual que tú tienes todo el derecho a no leerlos, o a criticarlos. Obviamente si has llegado aquí, lo primero ya carece de sentido. Pero siempre puedes parar en este último punto. 

El otro día me compré un vestido después de mucho tiempo. Me quedaba bien. No necesité a nadie que me diera opinión, fui sola, lo elegí sola y lo pagué sola. Es bonito ser autosuficiente. Incluso para comprar vestidos. Sólo es un apunte. 

También me he dado cuenta de que ya no leo periódicos, creo que ni siquiera los releo, paso páginas porque me gusta el compás que se crea en la mesa al son que muevo el café. Leer el periódico es como si todos los días tuvieras un Déjà vu. ¿Cuántos árboles mueren para sangrentar esas bazofias? De todas formas llegados a este punto de miseria, a casi nadie le importan los árboles, eso era antes, cuando se podía tener casa-coche-viaje ymuchascosasmás a golpe de nómina y macetas avalistas. Ahora la cosa es que no te corten el paro. La solidaridad es para los ricos, o eso decía el cuponero de mi barrio.

La palabra bazofia es curiosa, BA-ZO-FIA. De pequeña la utilizaba mucho cuando mi madre hacía verdura. Ahora cuando voy a casa de mi madre le pido bazofia para comer. Porque ella me alimenta bien, porque las madres saben de eso. La mía es un desastre. Pero la quiero por diversas razones que no tienen nada que ver con haberme parido, se lo ha ganado. Le compraré un vestido.

Y bueno, mañana se acaba el mundo, así que me permito el lujo de publicar esto.  

Nos vemos en el limbo. 

lunes, 3 de diciembre de 2012

de volver


Nos habíamos citado a las 6 de la tarde, pero a las menos cinco los nervios ya me habían empujado a ser sorprendentemente  puntual ese día. Ella me abrió la puerta con una sonrisa y con la mano me invitó a pasar. Sentí un escalofrío al pisar de nuevo las losas color hueso y manzana. Mientras simulaba dejarme guiar  hacía lo que ahora era el salón de un gabinete de pedicura clandestino, recorrí de nuevo cada forma en la pared y cada grieta, la puerta del aseo continuaba ligeramente manchada por gotitas de amarillo limón. Sonreí agridulce por estar de nuevo allí "al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver", pero volví. 
Me ofreció café.
- ¿Tienes leche condensada?
- Sí.
- Entonces un bombón, gracias.
La acompañé a la cocina. Estaba igual, tan sólo faltaba la mesita donde hacía 3 años había desayunado durante 6 de mi vida. Seguían las sillas sin respaldo y las cortinas horteras que en su día me había regalado mi madre cuando me independicé. El reloj de números romanos aún estaba parado y el primer cajón del mueble continuaba sin pomo.
Tomamos café sentadas en la cocina sin mesa. Me contó que hacía un año la habían despedido del centro de estética donde trabajaba, que con la indemnización había pagado un año de piso y había comprado algunos artilugios para realizar por su cuenta su oficio. Era agradable, simplona pero curiosa, debía tener mi edad o quizá algún año más. Nunca me han gustado las personas que desde el primer momento tratan como si conocieran de toda la vida, sin embargo ella lo hacía con un toque descarado pero natural que no despertaba desprecio.
- ¿Por qué elegiste este barrio?
- Porque todos los balcones de las calles tienen flores y porque siempre huele a jazmín.
Cerré los ojos medio segundo, y ella no percató de que acababa de clavar un dardo en algún sitio de esos que hacen secar la garganta. Rehíce aquel día en el que él había venido a buscarme al trabajo diciéndome que  por fin había encontrado un piso ideal para nosotros, que sabía que me gustaría porque era un barrio tranquilo lleno de flores.
- ¿Estás bien?
- Sí... disculpa, el café quema un poco. ¿Puedo fumar?
- Si me invitas a uno sí, dejé de fumar hace tiempo, bueno más bien dejé de comprar jajajaja
- jajaja, el piso es bonito, tiene luz y es acogedor.
- Por eso lo elegí. Aunque quizá cuando cumpla el año me mude.
- ¿Por qué?
-  ... es algo extraño.
Sonreí,- Me gustan los extraños, y lo extraño.
- A veces pasan cosas raras.
- ¿Raras?
- Sí, por ejemplo, siempre que me ducho y el cristal del baño se empaña, aparece un nombre, Candela. Sé que no es nada del otro mundo, probablemente alguna vez lo pintaron con algún producto fuerte que con el  vapor sale de nuevo, no sé.
- Bueno siempre puedes cambiar el espejo, no creo que sea raro, será eso que dices.
- Lo he pensado más de una vez... quizá te parezca contradictorio, pero no quiero cambiar nada de esta casa, por alguna razón siento que las cosas deben estar en cada sitio según se dejaron. No sabría explicarte, pensarás que soy idiota.
- No.
- Yo no creo en fantasmas, no creo en dioses, y no creo en nada que no sea tangible. Pero cada noche desde que estoy aquí, sueño con la voz de un hombre que me dice que no debería haberme cortado el pelo, que le gustaba largo como cuando me conoció. Pero yo nunca he llevado el pelo largo.
- ¿Y la voz de tus sueños te dice algo más?
- Me dice que le lea. Que le vuelva a leer libros, que echa de menos mi voz. A mí no me gusta demasiado leer ¿sabes? mucho menos en voz alta.
- A mí me encanta leer en voz alta. Imagino que serán cosas del subconsciente.
- Supongo, ¿empezamos ya? tengo otra cita a las 7,30.
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Cuando terminamos,  me acompañó a la puerta, le dije que había quedado contenta con su trabajo y le pagué lo que pidió por ello, nos despedimos y sutilmente me invitó a que la recomendara a mis amigas, asentí y comencé a bajar las escaleras, cuando me dijo:
- Oye, no me acuerdo de cómo me dijiste que te llamabas.
- No te lo dije, pero me llamo Candela.- Y continúe bajando aquellas escaleras que mil veces había subido a oscuras, mientras él guiaba mis pasos y yo sus manos. 
- e.. espera .- la oí decir, retumbando su eco en el mármol. Pero ya había vuelto una vez y dos no eran necesarias. 

lunes, 15 de octubre de 2012

Mi colega Frank.


No he aprendido nada en este tiempo y sin embargo hay mañanas en las que miro a mi izquierda y veo un orbe semi abierto que comienza. Hay mañanas que miro y eres tú, y me sorprendo porque entonces soy yo y no hay vacío.

En el pasado busqué pegamento para lo fragmentado, para el agujero negro que tragaba pieza a pieza, pelo a pelo, célula a célula, gota a gota, víscera a víscera, carne a carne... de mí. Y nació la capacidad de atormentarse a uno mismo durante eternos para llegar al fin de una resolución, total, clara, lacónica. Volviendo a validar los componentes. 

Ahora tengo de nuevo dos manos, dos pies, veinte dedos, un corazón, unos 5 litros de sangre, una sonrisa. Oídos, boca, todo correcto. Lo necesario para hacerte feliz dentro de la infinidad estúpida de la palabra. Tengo disposición y un contrato basura. Un techo, un cuerpo, cariño. Tengo un mundo que vuelve a fusionar. Un bizcocho en el horno que crece saliéndose del molde, aromatizando a vida la casa. Pero sobretodo tengo el caos dentro del orden. En el orden el motor del barco, en el barco la conciencia de los impulsos, en los impulsos el control de un cirujano que sabe sacar un corazón, cambiarle las bujías y ponerlo en su sitio de nuevo. En el corazón tengo el temple de un asesino que aprieta un día más el gatillo sin saber a qué sabe la piel que roba. En la piel tengo el afloro de irresponsabilidad de un adolescente que  fuga las clases saltando las vallas del C.E.I.M. (Centro Educativo Incapacitador de Mentes) porque quiere ver con sus ojos qué hay detrás del muro. Y yo en los míos tengo lo que quiero ver porque con las manos derribé la pared.

Tengo al doctor Frankenstein reestructurándome de nuevo. Trabajando en la torre apartada de mi cerebro.