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martes, 30 de julio de 2013

Era invierno

Imagen: Imilce

Como cada día de su vida, pensaba que todas las mañanas eran abortos del día anterior, días perdidos. Todos los despertares eran pseudo-suicidios. Todos los días eran edificios a medio construir. Contaba las horas por tener algo que hacer. Algo en que pensar, quizá si el tiempo pasara rápido, la pena correría con él. Pero la tristeza no corre, nunca ha tenido prisa. 

Tomaba té, aunque el líquido fuera tan insulso como la mayoría de las personas. Lo hacía por tomar algo, por el calentor de su cuerpo, hay veces que siempre se vive en invierno, y que los 40º de fuera, no son relevantes.
Comía entre ratos. Fumaba porque le gustaba ver el humo del tren saliendo de su boca. Le gustaba jugar y entretener sus horas arreglando los mundos de sus alrededor. Mundos ficticios. O vivos a punto de morir.
La compañía era constante lo que hacía que la soledad fuese ruidosa. Quizá de las contradicciones más brutales. Males del siglo XXI.

Pero hay veces que entre las multitudes, entre las mareas de carne. Entre todos los vosotros, todos los ellos, aparece un tú. Un él. Un ella. Hay veces que la aguja es el pajar y no al revés. Que no caminan los pies, es el suelo el que se mueve... Que las venas empujan la sangre.

Decía que el tiempo pasaría porque tenía que hacerlo. Decía que era imposible que fuese de otra manera. Decía que la felicidad era un engaño de los bancos.
Decía que el cielo siempre sería gris.
Decía por decir. Como dice la mayoría. Estamos por estar. Pensaba. 


Un día el cielo amaneció azul. Azul y no gris.


- El mundo soy yo.

lunes, 3 de diciembre de 2012

de volver


Nos habíamos citado a las 6 de la tarde, pero a las menos cinco los nervios ya me habían empujado a ser sorprendentemente  puntual ese día. Ella me abrió la puerta con una sonrisa y con la mano me invitó a pasar. Sentí un escalofrío al pisar de nuevo las losas color hueso y manzana. Mientras simulaba dejarme guiar  hacía lo que ahora era el salón de un gabinete de pedicura clandestino, recorrí de nuevo cada forma en la pared y cada grieta, la puerta del aseo continuaba ligeramente manchada por gotitas de amarillo limón. Sonreí agridulce por estar de nuevo allí "al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver", pero volví. 
Me ofreció café.
- ¿Tienes leche condensada?
- Sí.
- Entonces un bombón, gracias.
La acompañé a la cocina. Estaba igual, tan sólo faltaba la mesita donde hacía 3 años había desayunado durante 6 de mi vida. Seguían las sillas sin respaldo y las cortinas horteras que en su día me había regalado mi madre cuando me independicé. El reloj de números romanos aún estaba parado y el primer cajón del mueble continuaba sin pomo.
Tomamos café sentadas en la cocina sin mesa. Me contó que hacía un año la habían despedido del centro de estética donde trabajaba, que con la indemnización había pagado un año de piso y había comprado algunos artilugios para realizar por su cuenta su oficio. Era agradable, simplona pero curiosa, debía tener mi edad o quizá algún año más. Nunca me han gustado las personas que desde el primer momento tratan como si conocieran de toda la vida, sin embargo ella lo hacía con un toque descarado pero natural que no despertaba desprecio.
- ¿Por qué elegiste este barrio?
- Porque todos los balcones de las calles tienen flores y porque siempre huele a jazmín.
Cerré los ojos medio segundo, y ella no percató de que acababa de clavar un dardo en algún sitio de esos que hacen secar la garganta. Rehíce aquel día en el que él había venido a buscarme al trabajo diciéndome que  por fin había encontrado un piso ideal para nosotros, que sabía que me gustaría porque era un barrio tranquilo lleno de flores.
- ¿Estás bien?
- Sí... disculpa, el café quema un poco. ¿Puedo fumar?
- Si me invitas a uno sí, dejé de fumar hace tiempo, bueno más bien dejé de comprar jajajaja
- jajaja, el piso es bonito, tiene luz y es acogedor.
- Por eso lo elegí. Aunque quizá cuando cumpla el año me mude.
- ¿Por qué?
-  ... es algo extraño.
Sonreí,- Me gustan los extraños, y lo extraño.
- A veces pasan cosas raras.
- ¿Raras?
- Sí, por ejemplo, siempre que me ducho y el cristal del baño se empaña, aparece un nombre, Candela. Sé que no es nada del otro mundo, probablemente alguna vez lo pintaron con algún producto fuerte que con el  vapor sale de nuevo, no sé.
- Bueno siempre puedes cambiar el espejo, no creo que sea raro, será eso que dices.
- Lo he pensado más de una vez... quizá te parezca contradictorio, pero no quiero cambiar nada de esta casa, por alguna razón siento que las cosas deben estar en cada sitio según se dejaron. No sabría explicarte, pensarás que soy idiota.
- No.
- Yo no creo en fantasmas, no creo en dioses, y no creo en nada que no sea tangible. Pero cada noche desde que estoy aquí, sueño con la voz de un hombre que me dice que no debería haberme cortado el pelo, que le gustaba largo como cuando me conoció. Pero yo nunca he llevado el pelo largo.
- ¿Y la voz de tus sueños te dice algo más?
- Me dice que le lea. Que le vuelva a leer libros, que echa de menos mi voz. A mí no me gusta demasiado leer ¿sabes? mucho menos en voz alta.
- A mí me encanta leer en voz alta. Imagino que serán cosas del subconsciente.
- Supongo, ¿empezamos ya? tengo otra cita a las 7,30.
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Cuando terminamos,  me acompañó a la puerta, le dije que había quedado contenta con su trabajo y le pagué lo que pidió por ello, nos despedimos y sutilmente me invitó a que la recomendara a mis amigas, asentí y comencé a bajar las escaleras, cuando me dijo:
- Oye, no me acuerdo de cómo me dijiste que te llamabas.
- No te lo dije, pero me llamo Candela.- Y continúe bajando aquellas escaleras que mil veces había subido a oscuras, mientras él guiaba mis pasos y yo sus manos. 
- e.. espera .- la oí decir, retumbando su eco en el mármol. Pero ya había vuelto una vez y dos no eran necesarias. 

viernes, 23 de diciembre de 2011

Casa de lenocinio





Quiero evitar los ruidos que alguna vez fueron palabras.
Es la evocación de algo, es la linea que babea la ausencia como el caracol en la ventana dejando su estela blanca. Lo nefasto es que las marcas poco a poco  carcomen el terreno, lo que fueron leves huellas van tornando a mares de profundas aguas en demasiada calma. 
No quiero prostituir mi tiempo a cambio de nada. No quiero seguir vendiendo mi día hacía un fracaso de noche, olores y ventanas cerradas. 
En realidad, mi buen deseo sería, que todos dejásemos de ser prostitutas de un mundo que dejó de ser redondo para convertirse en una gran esquina hace tiempo, en la que todos, mercaderes, comerciamos con algo nuestro, a cambio de algo ajeno o por "nadas" de colores.
 Y mientras gano o pierdo va llegando la navidad y con ella el fin de algo, pero todo seguirá igual que ayer, hace un tiempo o el sábado, y yo como Alicia en su país de maravilla, empequeñezco sin tomar la galletita mágica y escarbo en el suelo un hueco donde no sólo meter la cabeza si no el cuerpo entero. Y creo que desaparezco y que todos los días pasarán menos lentos.
Pero no siempre fue así, me gustaba cuando todo era diferente, cuando éramos demasiados ingenuos como para creer en la magia y bla bla bla demás sueños. Cuando no nos hacía falta plantearnos la esencia de nada, porque no era necesario, la esencia era una ilusión tonta pero sin sabor amargo. Me refiero a cuando aún te hablabas con tu primo, o cuando todavía soportabas a tu hermano, cuando tu madre estaba viva, o tu padre no se olvidaba de todo, cuando había abuelos arrugados sonrientes, o cuando eras tú el motivo de poner un árbol adornado, aunque no significase nada, aunque fuese parte de una farsa comercial que iluminaba algo, cuando veías a los seres cercanos aún soportándose sin obligación ni castigo, y cuando comerse las 12 uvas era el mayor reto del mundo y ver al abuelo atragantarse, lo más gracioso.  Cuando no había asco hacía este mundo proxeneta y aún no eras una puta a su comercio.
Entonces todo tenía un agradable olor a algo que no sabías ponerle un nombre, porque aún no conocías apenas significados en el diccionario, y daba igual porque eras feliz o algo parecido, porque no hacía falta comprender el porqué de todo, porque el todo, era eso.


Igualmente, mejor, peor o invisible, feliz navidad :)



miércoles, 30 de noviembre de 2011

¿Y a ti?



Se pasaba la vida en el bar de moda, en la tienda de marca, en la cama de resaca.

Se pasaba la vida perfeccionando la imagen, el espacio.

Se pasaba la vida juzgando "males" ajenos. Alagando "bienes" propios.

Se pasaba la vida ahorrando para un coche mejor. Para una casa más grande.

Se pasaba la vida mejorando una cultura de lata.

Se pasaba la vida follando sin ganas. Comiendo sin hambre.

Se pasaba la vida viendo sin mirar. Oyendo sin escuchar.

Se pasaba la vida hablando, hablando por hablar. Hablando sin saber, hablando sin decir.

Se pasaba la vida trabajando infeliz, asintiendo, atrofiando cerebro.

Se pasaba la vida en el gimnasio, en el dietista, en la consulta de médico, en el coche, en el váter cagando comida basura, en el centro comercial consumiendo, en el banco suplicando.

Se pasaba la vida maquillando un chiste malo.

Se pasaba la vida sonriendo sin reír.

Y un día, se le pasó la vida.

   

jueves, 27 de octubre de 2011

A través



En una cajita oxidada guardaba los ojos de él, que eran del color del barro fresco. Unos ojos abiertos a un escogido infinito donde a ella le gustaba acurrucarse cada día.
Los sostenía con cuidado para no quebrantar el cristalino de su retina, acariciándolos despacio con sus pulgares, mientras los elevaba sobre los suyos, colocándolos delante, mirando a través del catalejo de aquellos ojos translucidos, libres de cobardía y sospecha.
Y allí encontraba todos los lugares que él había visto en su vida. Tras ellos percibía el mar, las ciudades margarinas, las formas atractivas que sólo él había sabido encontrar en los rincones de polvo y cáscara, y así veía de nuevo todo lo que ya creía olvidado.
Degustando cada color soñaba, dejando para el final su propia imagen, como él la solía observar desnuda, diosa ante cualquier defecto. Y se contemplaba a sí misma joven, única, amada y bella, todo lo que no podía ver tras un espejo ahora. Y lo horrible se convertía en humo disipado sin olor ni sonido mientras el mal sintetizaba su presencia. Y sentía de nuevo la grandeza de ser y estar en la misma charca. 
Y como cada vez al terminar su paseo, con los ojos de nuevo en la cajita, la apretaba contra sí fuerte y delicada, como al aire que la mantenía hilada, mientras pensaba que realmente hizo bien quedándose con los ojos de su amado cuando marchó, sabiendo que en el nicho no le hubieran servido de nada.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Ayer no es hoy



Calla si es para decir después
Niega las palabras cínicas y castas
Centra monosílabos escasos
Silénciame antes de decir basta
Escupe ahora la última gota de rabia,
Comprime palabras y deja libre
espacio para sosiego y calma.

Y eliges acabar con un zorra de impotencia
Y yo decido un cabrón de cortesía
Y es que siempre fuimos compensación



 y
No, no eres un suicida.
No, no soy una sumisa.

Sí, si fuiste un cobarde.
Sí, si fui una imprudente.

Nosotros somos nadie.
Ellos son la gente.

Ella es mentira.
Él es pasado.

No queda mucho que decir
Los oídos han cerrado

Ya no estas
Ya no soy
Éramos no existió.

martes, 19 de julio de 2011

Que el tiempo se congele





Si me hubieses llamado, sabrías que ya no tengo 7 vidas, sino -3.  Y que le debo un gran favor al jefe del averno, por dejarme salir una y otra vez y no tener que picar salida.

Si me hubieses llamado, sabrías que en la pasada primavera cumplí los 24. Y que no tuve ni un solo recuerdo de ti como regalo.

Si me hubieses llamado, sabrías que mi corazón o pensamiento-corazón se volvió estéril. Y que aún no conseguí ubicar la felicidad individual en mi casa cartón piedra.

Si me hubieses llamado,  sabrías que escribo, que escribo todas esas cosas que tú considerabas tiempo perdido. Que escribo y no repaso ni pretendo alcanzar nada más que el anonimato compartido con ojos que acompañan. Y te diría que pierdo el tiempo como me sale de la punta de los dedos y que no siempre se actúa para conseguir algo más que la nada.


Si me hubieses buscado, verías que mi pelo volvió a ser largo, igual que cuando nos marchamos de aquella estación de paja, que sólo montaba andenes, y no separaba más que dos vidas que nunca fueron una, ni dos, ni mil ochocientos noventa y cinco, ni ningún maldito número capaz de representar todo aquello que vivimos, y que al fin se dividió entre 0 y se multiplicó por el igual. Siendo el resultado una despedida más, en una estación más, entre dos canaletas de sangre que no han dejado de sangrar.

Y sé que me dirás que me llamaste y que aquel número ya no existía.
Y sé que me viniste a buscar y que en aquella casa ya no me encontraba.
Pero eres tú el que sabe que a mí nunca me podrías buscar de aquella forma. Y que en el fondo no querías encontrarme de verdad.

Pero lo que seguro sabes hacer, es regresar para pedir ahora que el tiempo se congele.
  
Que
               el

tiempo
se
congele.


Pero déjame decir algo más...
Pasé el otoño con sus hojas melancólicas arrastradas por el viento y me dejé llevar con ellas. Pasé el invierno y heló el alrededor y yo petrifiqué con él mi cuerpo. Pero después llegó la primavera y temperó mi alma y con ella volvió despacio el aire y la luz, junto con el polen y las narices carmesíes. Y ahora me enganchó sin avisar el verano y sólo trajo sol.
Y sabrás compañero, que el sol todo lo derrite, incluso el tiempo.

lunes, 11 de julio de 2011

C/ Gris



Era una calle larga, interminable, sin comercios ni losa. Tampoco edificios inmensos ni nuevos, era una calle extraña, negra y blanca, gris. Parecía una calle de antaño.
Había gente, pero ninguno tenía facción ni rostro.
Era una calle rara, pero era una calle, una larga.

Entre multitudes desconfiguradas, vidas simulacro. Entre aglomeraciones de masas sudorosas llenas de aire y vacío, entre todos aquellos cuerpos dueños de lo abstracto, había una cara, una color canela. Se le veía bien de lejos, resaltaba entre lo fúnebre. Era él, que no era él, pero lo era.  Comenzaron a caminar el uno hacía el otro, como deslizándose en una cinta transportadora de caja de supermercado. Y no hacía falta mover un músculo porque el cuerpo fluía solo empujado por la inyección de miles de recuerdos claustrofóbicos que parecían salir de la misma caja de zapatos donde guardaba ella lo pasajero. Y sólo a una pequeña cantidad de medida incalculable, pues en aquella calle no existían ni metros, ni millas, ni cifras que contaran los pasos ni las historias marchitas, allí entre la multitud de miles de estómagos saciados y jugos gástricos. Allí sobre aquel suelo se dieron cuenta de que estaban hablando sin voz ni gestos. Y nadie percataba de su encuentro o presencia, porque todos parecían tener demasiada prisa menos ellos, porque su tiempo arena era ahora una vacante libre de impaciencia. Y aunque sabían que sus propias calles acababan en extremos dispares y que el futuro les tiraba de la manga hacia diferentes partes. Ahora las mentes quedaban llanas de culpa y odio porque el perdón había llegado por fin a sus bocas, sin hablar, porque las palabras ya eran insignificantes en los mundos suyos de standby. Ya podían caminar entre la masa formando parte de ese camino gris siendo ellos color canela. Y sabiendo que quizá algún día, podrían volverse a encontrar en aquella calle eterna, pero ya libres de yerro y herida. 

sábado, 18 de junio de 2011

Salmones




Y aprendíamos a volar entre la nebulosa. Entre la cal de la aurora. Entre los diablos que ofrecían lo hipnótico. Y supimos cogerlo sin atarnos. Porque la piel tropieza pero la masa supo levantar.
Y aprendimos a nadar en lago del veneno. Y de cuando en cuando emergíamos de la espiral. Y sólo cuando queríamos volvíamos a entrar.
Porque no hay nada más inane que dejarse arrastrar por la corriente de las gansos.
Porque nunca hablábamos de los vecinos. Y porque no éramos distintos ni mejores. Sólo salmones saltando. En contra.
Y porque cada noche vomitábamos las ratas con sombrero, mientras creíamos que quemábamos la ciudad. Pero sólo prendíamos la casa de muñecas. Y verla arder nos multiplicaba en gramos.
Y como aquel que sacaba los huevos. Del jardín. Del jardín del Estrecho. Del jardín del bueno.
Y volvíamos a creer en el destiempo.  Marcando 25 horas el último de cada semana. Y el jefe nos decía que no volviéramos más. Y no volvíamos más. Y hastalavista
Porque el dinero no era cuestión de vida. Sólo de muerte.
Y es que en esos veranos el calor no era tan opresivo, ni tirano. Se podía respirar.
Y todo era tan maravilloso como dejarse llevar por uno mismo sin ser arrastrado por ninguna corriente.
Pero todo cansa y el mundo explota continuamente. Y ya no tenemos que colarnos en el cine. Porque ahora sí somos adultos. Qué putada.