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miércoles, 6 de marzo de 2013

Eslizbai



Todos los días finita algo. 
Hay muertes que pasan inadvertidas y no acumulan ni una lágrima. Otras se llevan mares con ellas. Hay huecos reemplazables. Como un aparcamiento en pleno centro. Como un amante cuando el antiguo se hace viejo. 

Pueden morir cientos de personas en un accidente aéreo. En un atentado. En un tsunami. Puede llorar medio mundo y tú no inmutar ni un ápice de sensibilidad.
Puede expirar algo de tu sangre y no sentir dolor. A la vez que puede morir el dueño de un país, y sus siervos llorar durante días la ausencia de su yugo. El mundo está descompensado. El mundo es raro. Y joder, está loco. 
Sin embargo yo reconozco que he llorado perder un perro más que a algunas personas.

El tiempo hace roca donde había tierra y musgo, y amapolas rojas. La necesidad por seguir urde una capa para olvidar lo que era llorar, y amasa cemento para tapar los huecos. 
Las penas acaban por acallar, las muertes se superan. El dolor un día diluye. E incluso a veces se olvida de tal forma que parece que algo que fue tan grande nunca hubiese pasado. Como si fosilizaran parte de la mente para poder continuar, y no vivir en un mar de lágrimas. Y está bien, porque el auto-martirio no me va. Es como intentar nadar en el barro. 

Llorar limpia el alma, dicen. Yo no lo sé, de hecho ni si quiera sé si el alma existe. Pero si es así, hoy he limpiado la mía.


A Mgg que no gobernaba un país, pero yo la echaré de menos. 

viernes, 20 de julio de 2012

Los cojones de María

María era de esas personas que te hacían volver a creer en el género humano. 
Entre moscas y calor, recuerdo aquellas tardes cuando la pequeña danzaba en el jardín mientras María y yo jugábamos a las cartas, apostándonos formas de nubes de una vida mejor que quizá nunca llegaría... Solía ganar yo, aunque ella lo hacía en otras cosas. Como las carreras de los martes para conseguir el mejor puesto, delante del nuevo cartero del pueblo. Aunque en realidad a mí me diese igual aquel muchacho, me gustaba competir con ella. 
Al final un día, María, se tiró al cartero, y yo quedé sin poder jugarme las nubes ese martes. Más tarde vino a mí, pero yo no pisaba las losas de mi comadre por si acaso confundía las cartas de jardín. 

Muchas primaveras antes de las tardes entre nubes, María se había quedado preñada con 16 años, no pudo abortar porque le faltaron 15.000 pesetas. En ese tiempo estaba tan penado abortar en tierras de dios como pedir dinero. A falta de los duros, tuvo una niña. La compensación fue extraña porque María era de esas mujeres, que de no haber sido así, nunca hubiera sido más madre que de una mochila y un mapa. En aquel entonces yo rondaba los 13 años, pero como casi todos los del pueblo, ya sabía fumar. Conocíamos a María porque nos regalaba tabaco de contrabando a cambio de ayudarla con el huerto.
No sé bien qué día, ella y yo nos convertimos en pilares mutuos. Pero sí cuando me salvó las bragas y la vida...
Corría yo un día sin colegio, con tres chicos del pueblo amigos de mis hermanos. Aquellos chicos me respetaban, pero habían robado vino de las bodegas de Paquín, y alcohol+culo joven, dictaba mucho del respeto, y más aún de las consecuencias en momentos de posible eyaculación no-pajillera. Quizá hubiera podido defender mi estampa por separado, pero eran tres y no uno y ése día yo llevaba falda. Pero María vino a mí, como Ulises a su Penélope, como caballo a su yonki. La recuerdo aparecer entre los matorrales, preñada hasta las cejas de unos 8 meses, la escopeta de su hermano, y el vestido remangado. Su voz chillando como una cerda en el matadero, sabiendo que no hubiera vacilado ni ante un ejército de 100 hombres, recuerdo el nítido del rojo de la sangre de Juan, el hijo del pescadero. "Por suerte" solo perdió 3 dedos, y yo mis medias de los días sin colegio. 
María los hubiera matado a los tres de ser necesario, incluso si el arma no hubiera llevado balas, lo hubiera hecho a culatazos, y sé yo, como sabían ellos entonces, que ni su bebé hubiera temblado en sus entrañas. Porque María tenía cojones. Y siempre los tuvo. 

Cuando la niña rondaba los 10 años, aún no había pasado ni un ápice de hambre. Aunque María y yo ya habíamos robado muchos tomates y saltado demasiadas vallas. Pero las cargas doblan espaldas, y María decidió cambiar de vida antes de partir la suya. Así, con la mano de su pequeña, como una extensión de su aire igual que un manantial de agua, como la sangre que perdió Juan aquella mañana.
Recuerdo que me apretó la cara y me dio las gracias. Memoro que yo, le apreté la mano y no dije nada. Pero mientras perdía sus siluetas en el andén, pensé que si el mundo hubiera tenido los cojones de María, todo nos hubiera ido mejor.

miércoles, 11 de julio de 2012

Astillas





Esperaba un pequeño paquete,
silenciosa, frágil
tras la mirilla de un séptimo,
piso, no cielo. 
Tan blanca ella, 
desesperaba.
Pintaba ciudades, pájaros, estrellas.
Un tiempo enfrascado,
dibujando
para compensar su retraso.
Humanidades irreales. 
Tocaba y pincelaba la paciencia por
él, 
su cartero.
Desgarro
de  espera. 


Tic tac quebró su pincel
un día cualquiera.
Entre reflejos ya
ni está ella,
ni el paquete,
ni el mensajero.

Tan sólo entre astillas,
aquel pincel,
como un vagón
sin pasajeros.







martes, 15 de mayo de 2012

Dad de comer al cordero, o el cordero os devorará




Imaginar que todo cambia de posición, sentido. Color.
Los caminos se evaporan, no hay señales que seguir. Lo rojo es amarillo, lo amarillo, gris. El cielo, en búsqueda y captura. Los árboles, palos de pegatinas. E igual que los caminos, las manos pierden las señales que las marcan. La música, se des-inventa.
Incluso el Señor del infierno sentiría pavor. Además no soportaría este calor.

Si todas las puestas de sol cambiaran del refulgente al opaco. El oxígeno por cenizas de baladre. Si el azúcar fuese granulado de asfalto. Si la sangre perdiera la sublimidad del rojo...

...Pero dicen que no pasará, lo dicen ellos, aquellos que rezan por todos los que no. Ellos, no sé bien quiénes son. Quizá tu madre, o la mía. Quizá el señor del estanco. O todo Paco que vive en cualquier calle. No sé. Mi abuela decía que mientras alguien rezase, todas las almas estarían salvadas. Pero yo tuve que dejar de creer en muchas cosas, para poder hacerlo en otras.
¿Y sabes eso de vivir en una caja de zapatos con gotele de los años 50? Por eso sé que aún alguien reza.
Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros. Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, danos la paz.
Pero el cordero se comió la paz, y vomitó el pecado.

Es el desequilibrio del mundo. Como aquella película que veía de niña, El laberinto, en una escena de escaleras. Sin sentido, torcidas. Extrañas, sin fin...

-Disculpe, ¿Hemos llegado ya al Caos?
-No, es la siguiente parada.
-Entonces me da tiempo a otra canción.

Hablo de 35º grados de primavera. De paraguas sin pareja para salir a bailar. De un chihuahua degustando solomillo en plato. De niños comiendo mierdas de vaca en suelo. De manifestaciones no escuchadas. De corbatas que no ahogan.
De que donde acaba el interés, empieza la belleza. Por eso es que sólo veo deformidad, y en ella, no hay un ápice de hermosura.

Pero incluso cuando lleguemos al caos, sé que siempre quedarán las flores, y a ellas, nunca las escuché rezar.