Todos los días finita algo.
Hay
muertes que pasan inadvertidas y no acumulan ni una lágrima. Otras se
llevan mares con ellas. Hay huecos reemplazables. Como un aparcamiento en pleno
centro. Como un amante cuando el antiguo se hace viejo.
Pueden
morir cientos de personas en un accidente aéreo. En un atentado. En un tsunami.
Puede llorar medio mundo y tú no inmutar ni un ápice de sensibilidad.
Puede
expirar algo de tu sangre y no sentir dolor. A la vez que puede morir el dueño
de un país, y sus siervos llorar durante días la ausencia de su yugo. El mundo
está descompensado. El mundo es raro. Y joder, está loco.
Sin
embargo yo reconozco que he llorado perder un perro más que a algunas personas.
El
tiempo hace roca donde había tierra y musgo, y amapolas rojas. La
necesidad por seguir urde una capa para olvidar lo que era llorar, y amasa
cemento para tapar los huecos.
Las
penas acaban por acallar, las muertes se superan. El dolor un día diluye. E
incluso a veces se olvida de tal forma que parece que algo que fue tan grande
nunca hubiese pasado. Como si fosilizaran parte de la mente para poder
continuar, y no vivir en un mar de lágrimas. Y está bien, porque el
auto-martirio no me va. Es como intentar nadar en el barro.
Llorar
limpia el alma, dicen. Yo no lo sé, de hecho ni si quiera sé si el alma existe.
Pero si es así, hoy he limpiado la mía.
A Mgg que no gobernaba un país, pero yo la echaré de menos.


