Nos habíamos citado a las 6 de la
tarde, pero a las menos cinco los nervios ya me habían empujado a ser
sorprendentemente puntual ese día. Ella me abrió la puerta con una
sonrisa y con la mano me invitó a pasar. Sentí un escalofrío al pisar de nuevo las
losas color hueso y manzana. Mientras simulaba dejarme guiar hacía lo que ahora era el salón de un gabinete
de pedicura clandestino, recorrí de nuevo cada forma en la pared y cada grieta,
la puerta del aseo continuaba ligeramente manchada por gotitas de amarillo
limón. Sonreí agridulce por estar de nuevo allí "al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver", pero volví.
Me ofreció café.
- ¿Tienes leche condensada?
- Sí.
- Entonces un bombón, gracias.
La acompañé a la cocina. Estaba igual, tan sólo faltaba la mesita donde
hacía 3 años había desayunado durante 6 de mi vida. Seguían las
sillas sin respaldo y las cortinas horteras que en su día me había regalado
mi madre cuando me independicé. El reloj de números romanos aún estaba parado y el primer cajón del mueble continuaba
sin pomo.
Tomamos café sentadas en la cocina sin mesa. Me contó que hacía un
año la habían despedido del centro de estética donde trabajaba, que con la
indemnización había pagado un año de piso y había comprado
algunos artilugios para realizar por su cuenta su oficio. Era
agradable, simplona pero curiosa, debía tener mi edad o quizá algún año más.
Nunca me han gustado las personas que desde el primer momento tratan como si
conocieran de toda la vida, sin embargo ella lo hacía con un toque descarado
pero natural que no despertaba desprecio.
- ¿Por qué elegiste este barrio?
- Porque todos los balcones de las calles tienen flores y porque
siempre huele a jazmín.
Cerré los ojos medio segundo, y ella no percató de que acababa de
clavar un dardo en algún sitio de esos que hacen secar la garganta. Rehíce aquel
día en el que él había venido a buscarme al trabajo diciéndome que por fin había encontrado un piso ideal para
nosotros, que sabía que me gustaría porque era un barrio tranquilo lleno de
flores.
- ¿Estás bien?
- Sí... disculpa, el café quema un poco. ¿Puedo fumar?
- Si me invitas a uno sí, dejé de fumar hace tiempo, bueno más
bien dejé de comprar jajajaja
- jajaja, el piso es bonito, tiene luz y es acogedor.
- Por eso lo elegí. Aunque quizá cuando cumpla el año me mude.
- ¿Por qué?
- ... es algo extraño.
Sonreí,- Me gustan los extraños, y lo extraño.
- A veces pasan cosas raras.
- ¿Raras?
- Sí, por ejemplo, siempre que me ducho y el cristal del baño se
empaña, aparece un nombre, Candela. Sé que no es nada del otro mundo, probablemente
alguna vez lo pintaron con algún producto fuerte que con el vapor sale de
nuevo, no sé.
- Bueno siempre puedes cambiar el espejo, no creo que sea raro, será
eso que dices.
- Lo he pensado más de una vez... quizá te parezca contradictorio,
pero no quiero cambiar nada de esta casa, por alguna razón siento que las cosas
deben estar en cada sitio según se dejaron. No sabría explicarte, pensarás que
soy idiota.
- No.
- Yo no creo en fantasmas, no creo en dioses, y no creo en nada
que no sea tangible. Pero cada noche desde que estoy aquí, sueño con la voz de
un hombre que me dice que no debería haberme cortado el pelo, que le gustaba
largo como cuando me conoció. Pero yo nunca he llevado el pelo largo.
- ¿Y la voz de tus sueños te dice algo más?
- Me dice que le lea. Que le vuelva a leer libros, que echa de
menos mi voz. A mí no me gusta demasiado leer ¿sabes? mucho menos en voz alta.
- A mí me encanta leer en voz alta. Imagino que serán cosas del
subconsciente.
- Supongo, ¿empezamos ya? tengo otra cita a las 7,30.
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Cuando terminamos, me
acompañó a la puerta, le dije que había quedado contenta con su trabajo y le
pagué lo que pidió por ello, nos despedimos y sutilmente me invitó a
que la recomendara a mis amigas, asentí y comencé a bajar las escaleras, cuando
me dijo:
- Oye, no me acuerdo de cómo me dijiste que te llamabas.
- No te lo dije, pero me llamo Candela.- Y continúe bajando
aquellas escaleras que mil veces había subido a oscuras, mientras él guiaba mis
pasos y yo sus manos.
- e.. espera .- la oí decir, retumbando su eco en el mármol. Pero
ya había vuelto una vez y dos no eran necesarias.






