miércoles, 5 de septiembre de 2012

Eres lo que yo quiera


He venido para ti. Para amarte, para odiarte. 
Para creerte dueño mío, mientras soy yo tu reina. 

Aunque tú duermes, yo siempre estoy despierta. Tu sueño se funde con el mío, 
y tu virilidad se convierte en una masa vulnerable entre mis escamas, mis piernas.
Y cuando más me quieres, cuando más me necesitas, llega justo el momento de morderte. Fusionándonos en un mismo baile, en el que tú vuelas, yo repto.  
Y la sincronización existe.

Dices, mi veneno, es la paz de las sonrisas, aunque sabes que cualquier día, marcharé de tu sosiego, dejándote noqueado, como niño sin juego. Y aún así, morirías mil veces  para nacer de nuevo,  y conocerme en cada una de tus vidas, volviendo siempre yo, a fundir tu hierro.

Soy Cianuro, tienes razón. 
Y te disfruto como te sufro, cuando muerdo tu cuello, tus brazos, tu pecho... 
cuando recorro mi piel con tu pelo. Sabiendo mi boca a tu sangre. 
Mi cuerpo a tu cuerpo.

Pero nada, ya sabes, es imperecedero.
Lo efímero, es éter. Lo largo, un agujero.

Sí. Soy la Serpiente que destroza y reproduce pero todo lo compensa,
violentamente fuerte,
inmensa.

Soy eso que llamas Amor.  




Inspirado en un texto de Kramen, hace ya algún tiempo.

martes, 28 de agosto de 2012

Napalm y melocotones



Son como las formas que hace el jugo de la fruta en piel, entremezclando calor y frío, absorbiéndose,
introduciéndose, intercalándose,
desordenando temperaturas.
La dermis arde y fluyen turbulencias en las partes blandas, 
suavizándolas, fructificándolas. 
El aire se endurece y la vida se entrecorta. 
La piel se desvela,
se desquita
        se desquicia
                   se desviste
                             se desinfecta
                                          se desvirga mil veces.                                        
Son como las formas que hace el jugo del sudor goteando sobre un cuerpo
recayendo en algodón recién lavado,
recién limpio para pervertir,
para manchar,
para ignorar premisas,
pariendo perfección que al nacer, 
es habilidad 
es juego
es tiempo sin tiempo
sin prisas, 
es napalm estallando entre cuatro piernas 
y dos sonrisas. 


lunes, 20 de agosto de 2012

Despertador, DNI, llaves, carne... todo correcto.

imagen: Imilce

Hay noches que al poco de largarse, ya son carne podrida. La mañana se abre casi limpia y la vida huele a descarga eléctrica y a desinfectante barato. 

Césped recién regado despierta la cuidad. Montones de pestañas parpadean al unísono, robotizadas. Montones de pestañas sueñan con despertar. 
El café convulsiona y exhala elixir de resurrección. El mundo me infecta a base de mosquitos, hijos de olvidadas fosas sépticas. Rasco mi brazo izquierdo, como el país recae sobre la zurda cuando las equivocaciones la pulverizan, y se aferran al filo derecho de la balanza supuestamente, segura. Todo rancio, sí, da igual el brazo a rascar, el veneno, es el mismo. Como poner el cuello en la horca y sonreír para la foto del DNI. Soy un número precioso, incluso soy más que las piedras que embellecen los extrarradios no-urbanizables. Soy incluso una persona, identificada, que no fichada dicen los que organizan el cotarro. Plas, plas, plas. Soy participante del género que define la evolución (Me pregunto entonces, qué será la involución). 
Repaso rápido entre sueño y cansancio. Me llamas y nos recordamos unos minutos mientras se enciende y se apaga una luz. El fuego también se extingue sin agua. Y no deberías llamarme, ni respirar la contaminación que pervierto con mi aire todos los días, igual que riego mis flores y piso mi suelo descalza. Pero hacemos de las promesas, mentiras. Y de las verdades, promesas. 
En poco llegará Septiembre, llegará como llegó Mayo, Enero o Noviembre, llegará como entran los días por mi puerta, me despiertan y se marchan manchando la cama de malas ideas, o sueños imposibles, aunque a veces no tan perturbados, como coger el próximo tren hacia la bendita nada. O silenciar el despertador y no mirar más que la almohada, mientras cosquilleo, abriendo mis piernas al mundo que cierro en mi cabeza. Y puuummm, desaparece. Se engulle como las monedas en las fuentes que de tanto deseo incumplido, desbordaron el agua.  
Pero sí, llega Septiembre, y no hay regresos para los que terminamos ya el colegio.
Así que igual que despiertan los meses, me levanté esta mañana, y no maldije, me vestí, me calcé, me peiné. Con apetito muerto varios días, y una mezcla de asco, azul y desgana. Pero abrí la puerta. El ascensor olía a suciedad humana y sólo eran las 8 de la mañana. Escaleras. Motor. Marcha atrás, hacia delante, quinta contradicción A.M. 
Y lo que nunca acaba, se reactiva. 
Sí, esta mañana nació un lunes, uno más.
O uno menos. 


viernes, 3 de agosto de 2012

Sal-ta



imagen: Imilce


Tiembla lo que piso. Vibran las rocas, la tierra. Los caracolitos, los coños, los erizos. Las ideas, los mentirosos, los cretinos. Lo sucio. Los escrotos. Tiembla lo vivo y lo vivido.
O quizá tiemblo yo, y no todo eso.
Pero da igual, porque voy a saltar, y pasarán los segundos, los minutos, los vestidos, los años, los desamores, los hijosdelagranputa, la verdura, los meses, lo corrompido. El calor y los orgasmos. Mi dulzura. Pasarán las manos que nos tocaron. Pasará el tiempo sombrío. La primavera sin lluvia. Diciembres lejanos. Los carteles, las sonrisas, las naranjas. Pasarán los arrepentimientos. Las piernas andando, la noche, el día, tu pena, la mía, la propina. Pasarán los coches y las mentes. Pasará el dinero. Y los sueños que nacieron de la nada. Pero mientras todo pase, estaré saltando. Volando hacia abajo sin necesidad de alas.  



Después del salto, nos vemos.

miércoles, 1 de agosto de 2012

El día de la noche



imagen: Imilce


A veces todo pende de una palabra. Una luz para vivificar el día. 
A veces ella soñaba que su alrededor partía como una manzana recién caída, saliendo de sí los huesos preparados para parir una nueva planta. Un renacimiento. Pero su casa, su mundo, como un manzano viejo, no tenían intención de tornar el futuro. No hoy. 

Lusiana esperaba todos los días aquella palabra que colgase el día a la noche, como melodía inspiradora. Esperaba sentada en su porche, fumando tabaco de liar. Degustando los pliegos de otras vidas, que sin ser su reflejo maniataban la suya.

Se acarició los muslos a punto de color caramelo. Se sopesó el pelo arenoso. Y leyó un libro sin hojas. 
Sonrió porque no tenía ganas de llorar. Y de nuevo acomodó su cuerpo a la mecedora carmesí, esperando que llegasen otra vez las palabras, que sabía ella, acabarían por llover, como la violencia y la belleza de un diluvio, cuando menos se lo espera. 


Para ella, S (y los rincones), porque yo  sé que está. 

miércoles, 25 de julio de 2012

Vorágine


imagen: Imilce



Nace la vorágine que muere contra la espalda. 

Y regresa el sosiego. Los extrarradios disipándose cada vez más de las ciudades. Lejos de las células escurridizas por doquier. Microscópicos danzando a compás, bailando sobre el aire exhalado, tranquilo ya. Huidizos de la misantropía, buscando piel cuando el día acaba, y empieza la segunda parte del atardecer. 
Mira la soledad acompañada, existe, es posible, lo es. No renueva el aroma abandonado en las sábanas, perdido como paquete de mudanza. Nadie se lo llevará. Es una herencia petrificada, castigo de carne de motel. Un sueño, una mentira, un adiós, un destrozo, un agujero, un desgarro, un bisbiseo, un desdén. Después, un mar volviendo a lo que fue su precipicio, destronado y devuelto. Y tras la vorágine, las olas regresan en diferentes vientos. 
Entran ellas y abren las ventanas como se abre mi piel con el deseo. Es la distancia de tú y yo que choca contra mi espalda, el contacto no cumple su misión. Y desaparece. 
No es demasiado tarde, ni demasiado pronto, ni demasiado en ningún caso. 
Sólo es caminar sobre cristales, con zapatos abrochados hasta cortar la sangre, para recordar que viva, roja y caliente, circula. Con o sin ti. Conmigo y tú. Contigo y yo. O yo entre partículas, sin más. 

viernes, 20 de julio de 2012

Los cojones de María

María era de esas personas que te hacían volver a creer en el género humano. 
Entre moscas y calor, recuerdo aquellas tardes cuando la pequeña danzaba en el jardín mientras María y yo jugábamos a las cartas, apostándonos formas de nubes de una vida mejor que quizá nunca llegaría... Solía ganar yo, aunque ella lo hacía en otras cosas. Como las carreras de los martes para conseguir el mejor puesto, delante del nuevo cartero del pueblo. Aunque en realidad a mí me diese igual aquel muchacho, me gustaba competir con ella. 
Al final un día, María, se tiró al cartero, y yo quedé sin poder jugarme las nubes ese martes. Más tarde vino a mí, pero yo no pisaba las losas de mi comadre por si acaso confundía las cartas de jardín. 

Muchas primaveras antes de las tardes entre nubes, María se había quedado preñada con 16 años, no pudo abortar porque le faltaron 15.000 pesetas. En ese tiempo estaba tan penado abortar en tierras de dios como pedir dinero. A falta de los duros, tuvo una niña. La compensación fue extraña porque María era de esas mujeres, que de no haber sido así, nunca hubiera sido más madre que de una mochila y un mapa. En aquel entonces yo rondaba los 13 años, pero como casi todos los del pueblo, ya sabía fumar. Conocíamos a María porque nos regalaba tabaco de contrabando a cambio de ayudarla con el huerto.
No sé bien qué día, ella y yo nos convertimos en pilares mutuos. Pero sí cuando me salvó las bragas y la vida...
Corría yo un día sin colegio, con tres chicos del pueblo amigos de mis hermanos. Aquellos chicos me respetaban, pero habían robado vino de las bodegas de Paquín, y alcohol+culo joven, dictaba mucho del respeto, y más aún de las consecuencias en momentos de posible eyaculación no-pajillera. Quizá hubiera podido defender mi estampa por separado, pero eran tres y no uno y ése día yo llevaba falda. Pero María vino a mí, como Ulises a su Penélope, como caballo a su yonki. La recuerdo aparecer entre los matorrales, preñada hasta las cejas de unos 8 meses, la escopeta de su hermano, y el vestido remangado. Su voz chillando como una cerda en el matadero, sabiendo que no hubiera vacilado ni ante un ejército de 100 hombres, recuerdo el nítido del rojo de la sangre de Juan, el hijo del pescadero. "Por suerte" solo perdió 3 dedos, y yo mis medias de los días sin colegio. 
María los hubiera matado a los tres de ser necesario, incluso si el arma no hubiera llevado balas, lo hubiera hecho a culatazos, y sé yo, como sabían ellos entonces, que ni su bebé hubiera temblado en sus entrañas. Porque María tenía cojones. Y siempre los tuvo. 

Cuando la niña rondaba los 10 años, aún no había pasado ni un ápice de hambre. Aunque María y yo ya habíamos robado muchos tomates y saltado demasiadas vallas. Pero las cargas doblan espaldas, y María decidió cambiar de vida antes de partir la suya. Así, con la mano de su pequeña, como una extensión de su aire igual que un manantial de agua, como la sangre que perdió Juan aquella mañana.
Recuerdo que me apretó la cara y me dio las gracias. Memoro que yo, le apreté la mano y no dije nada. Pero mientras perdía sus siluetas en el andén, pensé que si el mundo hubiera tenido los cojones de María, todo nos hubiera ido mejor.