He calcinado el mundo. El mío.
He quemado los muebles, la ropa, los cimientos.
He prendido fuego a todo terminando en mí misma.
Y me he sentido bien dentro de la llama. Me he sentido ardiente, viva. He dejado de sentir el frío que inundaba mis huesos. Mis entrañas han entrado en un calor dulce como un beso colmado de amor tan puro como la droga en su mata.
He quemado la migraña, el desazón, la mentira. Sobre todo he quemado la rabia.
Y poco a poco se ha ido convirtiendo todo en cenizas blancas, limpias, brillantes. Claras.
En cenizas bellas que ya iluminan el suelo raso.
Ahora yo y el Todo somos una armonía sincronizada, somos el acorde natural del número cero. La paz de la nada acompasada con el silencio más divino ante cualquier palabra.
El sol ilumina el escombro convertido en una pletórica de belleza. Es la hermosura de la destrucción propia consentida. Es como la imagen de una bomba nuclear al estallar. Es el boom convertido en melodía del violín mejor tocado. Es la noticia de una muerte, al lado de una vida.
Y nada puede ensuciar estas cenizas blancas. Y nadie puede componer los restos, porque nunca más serán lo que fueron y sin embargo nunca dejarán de serlo, sólo yo y mi tiempo tenemos el poder de forjar de nuevo. Sólo yo lidero, aunque ya terminó el duelo.
Y todo es tan puro, tan bello, que sin haber muerto, me siento viva de nuevo.
Y ya no hay cimientos que estorben la vista. Ahora puedo ver el cielo.